Alfredo Rodríguez-Muñoz, experto en sueño: “Dormimos peor que nunca sabiendo cada vez más sobre la importancia del descanso”

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Dormir se ha convertido en uno de los grandes problemas silenciosos de la vida contemporánea. El estrés, la hiperconectividad y la sensación de que siempre queda algo por hacer nos impide a muchos desconectar de verdad y descansar como deberíamos. 

Incluso cuando el cuerpo se tumba, la mente sigue en marcha, repasando pendientes, estímulos o conversaciones recientes, como si no hubiera un verdadero punto final al día. Y de hecho, para muchos, el insomnio y los problemas para conciliar el sueño son una de las grandes lacras del siglo XXI. 

Más allá de las personas que sufren auténticos problemas para dormir, este déficit de sueño no siempre se percibe de forma inmediata. Pero aún así, acaba filtrándose en todo afectando a nuestra salud y a nuestra calidad de vida: desde la concentración hasta el estado de ánimo, pasando por afecciones al sistema cardiovascular, al inmunológico, a la memoria o al estado emocional. En definitiva, se duerme menos y, sobre todo, peor. Y el cerebro, literalmente, no se limpia bien cuando no dormimos.

El sueño no se fuerza: se permite

Alfredo Rodríguez-Muñoz es catedrático de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro Dormir para vivir. En una entrevista en el diario ABC, este experto explica con bastante claridad por qué seguimos sin solucionar algo que, en teoría, todos sabemos que es importante: “El problema no es de información, sino de contexto”. Es decir, que saber que hay que dormir ocho horas no sirve de mucho si el entorno en el que vivimos conspira activamente contra ello.

Dormir para vivir: La ciencia del descanso en la era del cansancio

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Según Rodríguez-Muñoz es contundente, “Hemos construido una sociedad que premia la vigilia y sospecha del descanso”. Durante décadas, dormir se asoció culturalmente con perder el tiempo, con ser poco productivo, con una especie de debilidad que los más fuertes podían permitirse ignorar. Esa cultura no ha desaparecido del todo, aunque ya nadie la defienda abiertamente.

El experto apunta tres causas principales detrás del deterioro generalizado del sueño. La primera, la exposición constante a pantallas. La segunda, lo que él llama la cultura de la hiperactividad: “Hemos convertido el cansancio en una medalla invisible”. Y la tercera, la desaparición de los límites horarios entre el trabajo, el ocio y el descanso. “Ya no hay un fuera de horario; vivimos en un continuo en el que trabajar, responder mensajes o descansar ya no tienen fronteras claras”, afirma.

Insomnio

La noche, colonizada por las pantallas

Uno de cada cuatro adultos no descansa bien, y Rodríguez-Muñoz las resume con una imagen muy acertada: “Hemos colonizado la noche con luz, pantallas y actividad, y el cuerpo intenta adaptarse a un mundo que nunca se apaga del todo”.

El móvil antes de dormir es uno de los hábitos más extendidos y, según el psicólogo, uno de los más perjudiciales. “Es como decirle al cerebro que el día no ha terminado”. La luz azul de las pantallas retrasa la liberación de melatonina —la hormona que regula el ciclo del sueño— y el propio contenido digital mantiene al cerebro en un estado de alerta que es incompatible con la desconexión. Realmente, no es solo el brillo, es el estímulo de los contenidos que estamos viendo.

Frente a eso, Rodríguez-Muñoz defiende algo aparentemente sencillo: la exposición a luz natural por la mañana. “Dormir bien no depende solo de lo que hacemos por la noche, sino de cómo vivimos el día”. El reloj biológico necesita señales claras para funcionar, y la luz solar es la más potente de todas.

Lo que propone el experto para dormir mejor

A la hora de establecer unos hábitos para dormir mejor, Rodríguez-Muñoz recomienda empezar el descanso por la mañana. Moverse, exponerse a la luz y mantener horarios regulares durante el día ayuda a sincronizar el reloj biológico antes de que llegue la noche.

Sobre la siesta, el experto matiza: una siesta corta, de entre 20 y 30 minutos y no demasiado tarde, puede mejorar el rendimiento. Si se alarga o se desplaza hacia el final de la tarde, interfiere con el descanso nocturno. Ni eliminarla ni abusar de ella.

Y luego está el cambio cultural que, según él, resulta imprescindible: dejar de ver dormir poco como un signo de productividad. “El sueño no se fuerza: se permite. Y para permitirlo, hay que dejar de vivir en su contra”. El descanso adecuado mejora la memoria, la toma de decisiones y la regulación emocional. Su ausencia, en cambio, aumenta los errores, el estrés y el riesgo de enfermedad a largo plazo.

La privación de sueño, recuerda Rodríguez-Muñoz, aumenta el riesgo cardiovascular, altera el sistema inmunológico, impide la consolidación de los recuerdos y acelera el deterioro cognitivo. 

Fotografías | Kailas Psicología, Drazen Zigic, Freepik

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